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Dieta para reducir el hígado graso

Dieta para reducir el hígado graso

Madrid 28/02/2019

 

El principal problemas de las dolencias hepáticas es que muchas de ellas permanecen asintomáticas hasta que la enfermedad está bastante avanzada o agravada. El hígado es el segundo órgano más grande del cuerpo, por detrás de la piel, y el encargado de realizar tres funciones básicas para el organismo: 
- Metabolizar los alimentos extrayendo los nutrientes esenciales para que éstos puedan ser utilizados por el organismo
- Almacenar energía en forma de glucosa para que pueda ser utilizada cuando el organismo lo requiere
- Eliminar y filtrar las sustancias tóxicas para el organismo (medicamentos, alcohol). 
El hígado tiene unas dimensiones de aproximadamente una pelota de rugby y un peso medio de 1,5kg. Es tal su importancia y su funcionalidad, que permite que una persona pueda seguir viviendo normalmente con sólo una mitad. Además, de ser el único con capacidad regenerativa. 
Sin embargo, a pesar de su importancia, muchas enfermedades hepáticas no son diagnosticadas a tiempo ya que el hígado apenas tiene terminaciones sensitivas del dolor (únicamente en la cápsula que lo envuelve), síntoma principal por el que se acude a la consulta de un médico. 
Al hablar de enfermedades del hígado, hay que citar una de las más frecuentes en la actualidad que tiene su origen en la obesidad. Es la esteatosis hepática no alcohólica, comúnmente conocida como hígado graso no alcohólico. La causa principal es que cuando una persona sube de peso acumula exceso de grasa en el organismo y parte de esa grasa se acumula en el hígado. Cuando la grasa acumulada es cada vez mayor y además se mantiene en el tiempo, se produce una inflamación en el hígado. Si este hecho no se detecta a tiempo, puede producirse la muerte de parte del tejido hepático, transformándose éste en tejido fibroso o cicatriz. Cuando el 70% del hígado se encuentra en este estado, aparece la tan conocida y temida cirrosis hepática, cuya única solución es el trasplante de hígado. 
Si hace unas décadas la cirrosis hepática estaba provocada principalmente por el alcohol, en la actualidad la causa principal es la obesidad. Los pacientes obesos pueden tener una gran inflamación en el hígado y parte de él estar cirrótico y permanecer asíntomáticos. Las pruebas necesarias para detectar el hígado graso no alcohólico son una ecografía abdominal en la que se haga un estudio más pormenorizado del hígado y una analítica en la que se midan las principales determinaciones que indican que el hígado está enfermo, como son la bilirrubina y las transaminasas. Sin embargo, son pruebas que se suelen prescribir de manera rutinaria para valorar el estado de salud de una persona, lo que se traduce en que muchas veces el diagnóstico se realiza de forma casual al verse alteradas estas pruebas y derivado el paciente a un especialista en hepatología o aparato digestivo. 
Afortunadamente, la esteatosis hepática se puede revertir si se detecta antes de haberse convertido en cirrosis. Para ello es necesario que el paciente pierda peso y con él, el exceso de grasa acumulado en el hígado. El hígado es un órgano con capacidad regenerativa, por lo que al ir perdiendo grasa se detiene el proceso de fibrosis, cede el proceso inflamatorio y se recupera por completo la función hepática. En la actualidad, no existen fármacos para tratar este problema, por lo que el tratamiento pasa por una combinación de dieta y práctica de ejercicio. 
Por otra parte, cuando existe una inflamación en el hígado sin llegar a haber fibrosis, el paciente debe cuidar su alimentación para evitar que éste sufra más. 
Dieta para reducir el hígado graso no alcohólico
- Evitar casi por completo el consumo de grasas, ya que son las responsables de la inflamación del hígado
- Moderar el consumo de carbohidratos, ya que los que no se quemen en el día a día, se transformarán en nueva grasa, que también se acumula en el hígado
- Eliminar el consumo de todo tipo de alcohol y de azúcares refinados 
- Aumentar el consumo de fruta, verdura y legumbres, ya que son fuente natural de vitaminas y minerales que el organismo necesita para funcionar. Además, las vitaminas del grupo B (especialmente la B12) y la vitamina C actúan como protectores frente a la inflamación hepática. 
- Tomar sólo los medicamentos que sean necesarios y hayan sido prescritos por un especialista que tenga constancia de que se padece hígado graso, ya que su eliminación supone una sobrecarga de trabajo a un hígado que ya está dañado.
- Realizar una hidratación adecuada en la que se evite el consumo excesivo de café, té y refrescos con cafeína. 
- Incrementar la ingesta de proteínas sin grasas. Se encuentran en pollo, pavo, pescado blanco, legumbres, clara de huevo y lácteos desnatados. 
- Tomar alimentos que contribuyan a mejorar la depuración del hígado, como son la alcachofa y la espirulina (alga). 
Cuidar el sistema inmunitario es también fundamental, ya que evitará que disminuya la función hepática y que el organismo esté expuesto a posibles infecciones. 

El principal problemas de las dolencias hepáticas es que muchas de ellas permanecen asintomáticas hasta que la enfermedad está bastante avanzada o agravada. El hígado es el segundo órgano más grande del cuerpo, por detrás de la piel, y el encargado de realizar tres funciones básicas para el organismo:

 

- Metabolizar los alimentos extrayendo los nutrientes esenciales para que éstos puedan ser utilizados por el organismo

- Almacenar energía en forma de glucosa para que pueda ser utilizada cuando el organismo lo requiera

- Eliminar y filtrar las sustancias tóxicas para el organismo (medicamentos, alcohol). 


El hígado tiene unas dimensiones de aproximadamente una pelota de rugby y un peso medio de 1,5kg. Es tal su importancia y su funcionalidad, que permite que una persona pueda seguir viviendo normalmente con sólo una mitad. Además, de ser el único con capacidad regenerativa. 


Sin embargo, a pesar de su importancia, muchas enfermedades hepáticas no son diagnosticadas a tiempo ya que el hígado apenas tiene terminaciones sensitivas del dolor (únicamente en la cápsula que lo envuelve), síntoma principal por el que se acude a la consulta de un médico. 


Al hablar de enfermedades del hígado, hay que citar una de las más frecuentes en la actualidad que tiene su origen en la obesidad. Es la esteatosis hepática no alcohólica, comúnmente conocida como hígado graso no alcohólico. La causa principal es que cuando una persona sube de peso acumula exceso de grasa en el organismo y parte de esa grasa se acumula en el hígado. Cuando la grasa acumulada es cada vez mayor y además se mantiene en el tiempo, se produce una inflamación en el hígado. Si este hecho no se detecta a tiempo, puede producirse la muerte de parte del tejido hepático, transformándose éste en tejido fibroso o cicatriz. Cuando el 70% del hígado se encuentra en este estado, aparece la tan conocida y temida cirrosis hepática, cuya única solución es el trasplante de hígado. 


Si hace unas décadas la cirrosis hepática estaba provocada principalmente por el alcohol, en la actualidad la causa principal es la obesidad. Los pacientes obesos pueden tener una gran inflamación en el hígado y parte de él estar cirrótico y permanecer asíntomáticos. Las pruebas necesarias para detectar el hígado graso no alcohólico son una ecografía abdominal en la que se haga un estudio más pormenorizado del hígado y una analítica en la que se midan las principales determinaciones que indican que el hígado está enfermo, como son la bilirrubina y las transaminasas. Sin embargo, son pruebas que se suelen prescribir de manera rutinaria para valorar el estado de salud de una persona, lo que se traduce en que muchas veces el diagnóstico se realiza de forma casual al verse alteradas estas pruebas y derivado el paciente a un especialista en hepatología o aparato digestivo. 


Afortunadamente, la esteatosis hepática se puede revertir si se detecta antes de haberse convertido en cirrosis. Para ello es necesario que el paciente pierda peso y con él, el exceso de grasa acumulado en el hígado. El hígado es un órgano con capacidad regenerativa, por lo que al ir perdiendo grasa se detiene el proceso de fibrosis, cede el proceso inflamatorio y se recupera por completo la función hepática. En la actualidad, no existen fármacos para tratar este problema, por lo que el tratamiento pasa por una combinación de dieta y práctica de ejercicio. 
Por otra parte, cuando existe una inflamación en el hígado sin llegar a haber fibrosis, el paciente debe cuidar su alimentación para evitar que éste sufra más. 


Dieta para reducir el hígado graso no alcohólico

 

  - Evitar casi por completo el consumo de grasas, ya que son las responsables de la inflamación del hígado

- Moderar el consumo de carbohidratos, ya que los que no se quemen en el día a día, se transformarán en nueva grasa, que también se acumula en el hígado

- Eliminar el consumo de todo tipo de alcohol y de azúcares refinados 

  - Aumentar el consumo de fruta, verdura y legumbres, ya que son fuente natural de vitaminas y minerales que el organismo necesita para funcionar. Además, las vitaminas del grupo B (especialmente la B12) y la vitamina C actúan como protectores frente a la inflamación hepática.

- Tomar sólo los medicamentos que sean necesarios y hayan sido prescritos por un especialista que tenga constancia de que se padece hígado graso, ya que su eliminación supone una sobrecarga de trabajo a un hígado que ya está dañado.

- Realizar una hidratación adecuada en la que se evite el consumo excesivo de café, té y refrescos con cafeína. 

-Incrementar la ingesta de proteínas sin grasas. Se encuentran en pollo, pavo, pescado blanco, legumbres, clara de huevo y lácteos desnatados. 

- Tomar alimentos que contribuyan a mejorar la depuración del hígado, como son la alcachofa y la espirulina (alga). 


Cuidar el sistema inmunitario es también fundamental, ya que evitará que disminuya la función hepática y que el organismo esté expuesto a posibles infecciones. 

Dr. Domingo Carrera Morán, médico especialista en nutrición del Centro Médico-Quirúrgico de Enfermedades Digestivas



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